jueves, 19 de septiembre de 2013

Cómo me rompieron la cabeza


El lugar donde me cagaron a golpes. Independencia al 4000, justo donde están las ventanas esas.

El sábado 13 de abril estaba fresco. Creo que fue el primer fin de semana fresco, de esos cuyas tardes no permiten salir a la calle en remera. El portero estaba haciendo unos arreglos en casa, y decidí salir a dar una vuelta. El destino lo elegí a una cuadra de casa, cuando volví sobre mis pasos y fui hacia Independencia para llegar a Caballito. Tal vez fuera a dar un paseo en el tranvía histórico, tal vez sólo sacara algunas fotos urbanas por ahí.
Sin campera, sólo con un buzo, elegí caminar por la vereda del sol para mitigar el frío. Cuando estaba por cruzar Castro (o, tal vez, Yapeyú) veo que un niño gordo, de unos 10 o 12 años, viene corriendo en sentido contrario al mío. Tenía una remera blanca, posiblemente con la inscripción de un colegio, y, si no me equivoco, una campera de gimnasia abierta. Su cara estaba completamente colorada por el esfuerzo, y en esos instantes en que hice contacto visual con él noté que no me había visto, que su mirada estaba fijada en un punto detrás mío.
Habrá pasado medio segundo. Quizá uno entero. Ese tiempo ínfimo en que seguí mirándolo hasta darme cuenta de que no sólo no me había visto, sino, también, de que ya no me iba a ver, y que me iba a llevar por delante. No iba a ser un choque plenamente frontal, sino que su lado derecho iba a impactar contra el mío. Lo único a lo que atiné fue a protegerme, cubriéndome el torso con mi brazo derecho flexionado sobre el pecho. (Recién en el hospital, reconstruyendo mentalmente el hecho, pude responderme la pregunta "¿por qué no lo esquivé?": no pude hacerlo porque yo iba del lado de la pared. El que tenía margen para abrirse era él).
El choque me dolió, pero no le dije nada. Era un chico. A un tipo grande le habría dicho, al menos, "mirá por dónde caminás, boludo". Él tampoco dijo nada. Unos cuantos metros más adelante pensé "me dolió más a mí que a él", y me di vuelta para ver si acusaba el golpe como yo, pero no lo vi.
Seguí caminando, me agarró el semáforo de Quintino Bocayuva. Cuando se puso en verde, crucé esa calle. Pasé por la heladería de la esquina, por el kiosco donde venden relojes, por el kiosco que está junto al garaje, por la puerta del garaje... A esa altura recuerdo haber girado mi cabeza hacia mi derecha, sin detenerme, sorprendido por algo: era un taxi que venía muy rápido y se detenía junto a mí. En esa foto mental el taxi ya tenía la puerta del conductor abierta, como si este la estuviera sosteniendo con la mano mientras frenaba.
Volví a mirar al frente y no habré dado más de tres pasos que siento golpes en mi cara, en toda mi cabeza, unos golpes que me sacuden y me dejan mirando para la vereda de enfrente. Unos golpes que no me dejan ver, porque me encorvo para protegerme y porque, aun sin verlas, puedo sentir que son varias personas las que me pegan. Unos golpes que, finalmente, me hacen caer al piso, donde me siguen pegando, ya no solo trompadas, sino también patadas.
Recién cuando estoy en el piso dicen algo que explica la situación. Dicen que le pegué a un chico. Dicen que el chico es el hijo de uno de ellos. La golpiza se interrumpe unos segundos y puedo ver que en el asiento trasero izquierdo del taxi está el pibe este. Trato de explicarles lo que había pasado, pero muy rápidamente comprendo que no hay posibilidad de que atiendan mi versión de los hechos, ni, mucho menos, tienen interés en hacerlo. Entonces, seguramente para atemperar la cosa, se me ocurre decirles a mis agresores que, si quieren, le pido disculpas al niño. Su negativa incluye más golpes que palabras.
De pronto, sin que ninguno dijera nada al respecto, sin que dijeran "bueno", "basta", "ya está", "vamos", actuando con la sincronización del equipo Ferrari de Fórmula 1 cuando cambia las gomas en una carrera, los tres se dirigen hacia el auto. Uno de ellos, flaco y canoso, con una barba de pocos días, me amenaza desde la calle, justo antes de abrir la puerta delantera derecha, y en su bravata incluye la expresión "no te quiero ver más por  el barrio". La recuerdo claramente porque vivo en el barrio. Y porque pensé en eso cuando lo oí, desparramado en la vereda. El gordo que maneja también dice algo amenazante.
Antes o después de ese hecho, el gordo que viajaba en el asiento trasero derecho interrumpe su retirada cuando llega al cordón de la vereda, a la altura de la parte trasera del taxi, y vuelve corriendo hacia mí para pegarme una patada en el medio del pecho. Bah, en el medio... Un toque hacia la derecha, entre el medio y la tetilla. Como  sucedió con todos los otros golpes que recibí, no pude esquivarlo. Ni siquiera pude intentar esquivarlo. Tal vez haya sido mejor: si ponía el brazo, capaz me lo rompía con su patada a la carrera.
Cuando el gordo que manejaba cierra la puerta del auto, cuando ya se están yendo, veo la licencia del taxi, y se me ocurre intentar memorizar la patente. Acelera y puedo recordar dos cosas: que el taxi no tiene baúl, y que la patente es JRQ780.

(Continuará... Camino al hospital)

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